Bety Torres siempre habรญa sido una mujer atenta. Observadora. No de las que se meten en la vida de los demรกs por curiosidad, sino de las que saben ver lo que otros no quieren mirar.
Desde la ventana del segundo piso, con una taza de cafรฉ en las manos, veรญa pasar cada maรฑana a Mariana, la hija de su vecina Rosa, camino al colegio.
Llevaba una mochila marrรณn que le colgaba mรกs de un lado que del otro y caminaba con los hombros encogidos, como si intentara hacerse pequeรฑa, invisible.
Era una niรฑa muy guapa, callada y dulce. Pero habรญa algo en su forma de caminar que rompรญa el alma: esa mirada perdida, ese gesto cansado, impropio de una crรญa de doce aรฑos.
A veces ella la saludaba y la pequeรฑa apenas levantaba la mano, sin sonrisa, sin voz.
Una maรฑana, la mujer se animรณ a decรญrselo a su madre.
—Rosa, no quiero parecer entrometida, pero tu hija parece… triste. ¿Todo le va bien en el colegio?
Su madre sonriรณ, mientras recogรญa la ropa del tendedero.
—Ya sabes cรณmo son a esta edad. Que si los amigos, que si los deberes… son cosas de chiquillos.
Pero la vecina no quedaba tranquila. Esa frase —son cosas de niรฑos— le sonรณ a excusa, a negaciรณn.
Y desde ese dรญa empezรณ a notar mรกs cosas.
La muchacha dejรณ de pasar todas las maรฑanas.
Al principio, ella pensรณ que salรญa mรกs temprano, pero luego escuchรณ los gritos desde la casa vecina.
—¡No quiero ir! —sollozaba la niรฑa—. ¡Me duele el estรณmago, mamรก, me duele mucho!
—Mariana, ya basta —respondรญa Rosa, agotada—. No puedes faltar todos los dรญas. Tienes que ir, mi amor.
El sonido del vรณmito llegรณ hasta la pared.
Y despuรฉs, el silencio.
Bety se quedรณ helada.
Aquella escena se repitiรณ varios dรญas seguidos. La pequeรฑa lloraba, vomitaba, temblaba cada vez que su madre le decรญa “es hora de ir al colegio”.
Entonces ella volviรณ a tocarle la puerta.
—Rosa, de verdad te lo digo con el corazรณn —insistiรณ—, esta crรญa no estรก bien. No es normal que se ponga asรญ cada maรฑana. Algo pasa en el colegio.
La mujer suspirรณ. Tenรญa los ojos rojos, el gesto cansado.
—Tienes razรณn. Ya hablรฉ con ella. Dice que hay unas niรฑas mรกs grandes que le pegan mientras la graban las otras, que le esconden sus cosas, que le dicen cosas horribles…
Pero ya hablรฉ con la madre de una de esas chicas. Me dijo que no era nada grave, que hablarรญa con ella pero que son travesuras.
Y la tutora tambiรฉn me asegurรณ que en clase todo va muy bien.
—¿Y tรบ la crees? —preguntรณ la vecina.
—No lo sรฉ —respondiรณ con un hilo de voz—. Quiero creerlo. No quiero pensar que mi hija estรก viviendo algo asรญ…
El cambio fue rรกpido.
Mariana dejรณ de salir a jugar.
Dejรณ de reรญr.
Se le marcaban las costillas bajo el pijama. Su voz se volviรณ un susurro.
Bety a veces la veรญa en la ventana, mirando hacia el vacรญo, con los ojos vidriosos, como si esperara que algo —o alguien— viniera por ella.
Una tarde, escuchรณ un ruido extraรฑo: una especie de gemido ahogado. Se asomรณ y la vio ahรญ, en el patio, sentada en el suelo, con las manos en los oรญdos, repitiendo:
—No quiero escuchar… no quiero escuchar… no quiero escuchar…
La vecina corriรณ hacia la reja.
—¡Mariana! ¿Quรฉ pasa, hija?
La niรฑa la mirรณ con el rostro blanco, las lรกgrimas colgando de sus pestaรฑas y dijo algo que ella no olvidarรญa jamรกs:
—Las oigo incluso cuando no estรกn.
Luego se marchรณ corriendo.
Intentรณ hablar otra vez con su madre, pero esta vez la mujer se negรณ a hablar con ella.
—Por favor, te lo agradezco, pero no te preocupes tanto. No quiero que piensen que soy una madre paranoica.
Ademรกs, la psicรณloga del colegio me dijo que es una etapa de inseguridad, algo normal.
Tragรณ saliva. Quiso gritarle que eso no era normal, que los niรฑos no vomitan de miedo, que los ojos de Mariana eran los de alguien que ya no quiere existir. Pero se contuvo.
No querรญa enemistarse con su vecina.
No querรญa parecer exagerada.
Y asรญ, se quedรณ callada.
Y el silencio tambiรฉn mata.
La madrugada del jueves fue distinta.
La vecina despertรณ sobresaltada por un golpe.
Un impacto seco, hueco, como si algo hubiera caรญdo desde lo alto.
Luego, un lloro. No, no un llanto… un sollozo desesperado y la voz de Rosa gritando el nombre de su hija.
La vecina saliรณ corriendo, descalza, sin pensar.
La puerta de la casa de su vecina estaba abierta. Dentro, la policรญa hacรญa fotos.
El cuerpo de Mariana colgaba del marco de la puerta de su habitaciรณn.
El cinturรณn de su uniforme le apretaba el cuello.
Sus pies apenas rozaban el suelo.
La nota en el escritorio decรญa:
“Mamรก, ya no puedo mรกs.
Diles que ya no se rรญan.
Diles que me duele todo.
No quiero que me sigan pegando.
Perdรณn, mami.
Te quiero.”
Aquella mujer gritaba hasta quedarse sin voz. Su vecina paralizada, solo pudo decir en un susurro lo que la madre no podรญa escuchar:
—Te lo dije, Rosa… te lo dije.
Los dรญas siguientes fueron un infierno.
La madre se marchรณ con unos familiares, incapaz de permanecer en aquella casa.
La vecina no podรญa irse. No tenรญa a donde.
Las noches empezaron a llenarse de ruidos.
Al principio, leves.
Tres golpecitos en la pared.
Luego, un susurro.
Luego, risas.
Un dรญa, a las 3:00 de la madrugada, ella abriรณ los ojos y vio algo imposible:
En el rincรณn de su cuarto, la figura pequeรฑa de Mariana, con el cabello tapรกndole la cara, el uniforme arrugado, los pies descalzos y los labios morados.
En la pared, detrรกs de ella, las sombras se movรญan como si hubiera mรกs cuerpos, mรกs niรฑos, riรฉndose entre dientes.
La niรฑa levantรณ la cabeza.
Sus ojos eran pozos vacรญos.
—No me escucharon.
—Yo sรญ, mi amor —susurrรณ ella, temblando— yo sรญ te escuchรฉ.
—Pero no hiciste nada.
Y entonces, la risa.
Esa risa rota, hueca, que se metรญa por los huesos.
Las sombras se acercaron y la vecina sintiรณ que el aire se volvรญa espeso, hรบmedo, como si el dolor de la niรฑa impregnara cada pared.
A la maรฑana siguiente, los vecinos encontraron a Bety sentada en las escaleras, con la mirada perdida, balbuceando sin parar:
“Son cosas de niรฑos… son cosas de niรฑos…”
La casa hoy sigue vacรญa.
El colegio de Mariana jamรกs admitiรณ que hubo acoso.
Las niรฑas agresoras siguieron su vida.
Los profesores, los padres, todos olvidaron lo sucedido.
Menos su vecina.
Aquellos que se atreven a pasar por delante de la puerta de aquel piso abandonado, juran escuchar una cuerda tensรกndose y despuรฉs, una voz infantil que susurra desde la oscuridad:
“Me duele el estรณmago, mami…”
Golpe. Golpe. Golpe.
El sonido de la culpa tocando la pared.
Porque a veces, el terror mรกs puro no viene de fantasmas, sino de lo que permitimos que ocurra delante de nuestros ojos.
Y siempre empieza igual, con una frase que deberรญa helarnos la sangre, pero que repetimos sin pensar:
“Son cosas de niรฑos.”
Manuel Losada
